
Tremenda huea

Tremenda huea

Esta huea es de 2-do
HISTORIAS DE MOTELES
Seis mujeres de entre los 26 y los 34 años, recordaron la noche más anecdótica que pasaron en un motel y nos la contaron con simpatía. Ríete con ellas de lo que debieron vivir en lo que se supone es el nido ideal del amor… O mejor dicho, ¡del humor!
Duerme con niños y amanecerás mojada...
Mane, 30 años
“Mojada precisamente no desperté... Sin embargo, dormir con un tipo menor que tú a veces puede ser una terrible experiencia. Para cuidar la identidad del chico en cuestión, le pondré Carlos, hijo menor de padres -ancianos- españoles. Carlos tenía, en ese entonces 23 años, y yo 28. La edad para mí, nunca fue un problema, hasta que llegamos a un motel...”
“No quise preguntarle si era su primera vez, pero por su nerviosismo deduje que sí. Una vez que entramos a la cabaña, ya estaba sobre mí, sin ningún tipo de seducción. Luego cuando ya en algo habíamos logrado un precalentamiento, suena su celular. Era su mamá, preguntándole una y otra vez dónde estaba y a qué hora regresaría. ¡Claro! ¿Qué más podría haber pasado? Estaba muy angustiado y me pidió que nos fuéramos”.
“Probablemente el castigo sería superior a lo que podría obtener de mí esa noche. El problema fue que mientras se vestía se dio cuenta que le faltaba un calcetín... Buscamos por todas partes, y nada del calcetín... aunque yo no entendía por qué tanta urgencia, si nadie vería si llegaba o no con un calcetín menos. Aunque ahora lo pienso, tal vez lo revisarían a su regreso… ¡No me quiero ni imaginar! Cuento corto, lo fui a dejar a su casa, sí yo, porque era yo quien lo iba a buscar y a dejar en auto. Ah... Y nunca más salí con él”.
Sin plata para pagar
Susan, 35 años
“Luego de una larga y lujuriosa noche, decidimos retornar a nuestros hogares y cuando llega la cuenta, ¡sorpresa!, mi amorcito se da cuenta de la falta de su billetera”.
“Luego del pánico inicial y de chequear todo el lugar, yo le dije: ‘No te preocupes, ando con mi chequera, yo puedo pagar’. Okey, respiramos aliviados, hasta que con horror me percato que no tenía ¡mi carné de identidad! O sea, imposible pagar, imposible salir...”
“Hablamos con la persona a cargo y él insistía que sin carné no había pago, y sugirió que yo saliera y fuera a buscar el maldito documento, sin saber que la señorita ¡no sabía manejar! Mi pololo no quería dejarme sola, además con qué cara explica en la casa de mis padres que necesita mi carné para pagar la cuenta del motel donde hemos pasado toda la noche tirando”.